El Latín
Es sin duda una disposición de la providencia divina que esta lengua, que durante muchos siglos reunió a una vasta federación de pueblos bajo la autoridad del Imperio romano, se haya convertido en la lengua propia de la Sede apostólica y que, transmitida a la posteridad, haya constituido un estrecho lazo de unión entre los pueblos cristianos de Europa. En efecto, el latín, por su misma naturaleza, conviene perfectamente para promover en todos los pueblos todas las formas de cultura. Efectivamente, no suscita celos, es imparcial para con todas las naciones, no es privilegio de ninguna, es aceptado por todas, como un amigo. Además, no hay que olvidar que el latín tiene un sello característico: tiene «un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y dignidad» (Pío XI), que incita de manera inimitable a la precisión y la gravedad. “Por esas razones la Sede apostólica siempre ha velado celosamente por mantener el latín y siem-pre ha estimado que «esa espléndida vestidura de la doctrina celestial q de las santas leyes» (Pío XI), era digna de ser usada por sus ministros. En efecto, los eclesiásticos, sea cual fuere su nacionalidad, gracias al latín pueden enterarse con facilidad de lo que proviene de la Santa Sede y comunicarse con ella o entre sí. “Esta lengua está unida a la vida de la Iglesia y «su conocimiento, adquirido por el estudio y el uso, interesa a las humanidades y a la literatura, pero más aún a la religión» (Pío XI), retomando los términos de Nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío XI, quien señalaba, al dar argumentos en su favor, tres cualidades que vuelven a esa lengua particularmente adaptada a la naturaleza de la Iglesia: «En efecto, la Iglesia, que agrupa en su seno a todas las naciones, que está destinada a perdurar hasta la consumación de los siglos (…), necesita, por su misma naturaleza, una lengua universal, definitivamente plasmada, que no sea una lengua vulgar».
“Puesto que es necesario que «toda la Iglesia se una» (San Ireneo) a la Iglesia romana, y puesto que los Soberanos Pontífices tienen un poder «verdaderamente episcopal, ordinario e inmediato sobre todas y cada una de las Iglesias, sobre todos y cada uno de los pastores y fieles» (Cod. 1. C.) de cualquier rito, nacionalidad o lengua que sean, parece sumamente conveniente que exista un instrumento de comunicación universal y uniforme, muy especialmente entre la Santa Sede y las Iglesias de rito latino. Por eso, tanto los papas, si quieren transmitir una enseñanza a los pueblos católicos, como los dicasterios de la Curia romana, si tienen que tratar un asunto, o publicar un decreto que interesa a todos los fieles, siempre usan el latín, que numerosas naciones escuchan como la voz de su madre. “La lengua de la Iglesia no sólo debe ser universal sino también inmutable. En efecto, si las verdades de la Iglesia se confiaran a algunas o a muchas lenguas modernas cambiantes, de las cuales ninguna tiene más autoridad que las otras, resultaría evidentemente tal variedad que el sentido de esas verdades no sería suficientemente claro ni suficientemente preciso para todo el mundo, y, además, ninguna lengua podría servir de regla común y estable para juzgar el sentido de las otras. En cambio el latín, que desde hace mucho está al abrigo de la evolución que el uso cotidiano introduce generalmente en el sentido de las palabras, debe ser considerado como fijo e inmutable, dado que los sentidos nuevos que han cobrado ciertas palabras latinas para responder a las necesidades del desarrollo, de la explicación y de la doctrina cristiana hace ya mucho que se han estabilizado. “Por último, la Iglesia Católica, puesto que ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo, sobre-pasa grandemente en dignidad a todas las sociedades humanas, y es justo que use una lengua no vulgar sino noble y majestuosa. “Por otra parte, el latín «al cual con todo derecho puede calificárselo de lengua católica» (Pío XI), por haber sido consagrado por el uso ininterrumpido que de él ha hecho la cátedra apostólica, madre y educadora de todas las Iglesias, debe ser considerado como «tesoro inestimable» (Pío XII), y como «puerta que permite a todos acceder directamente a las verdades cristianas transmitidas desde la antigüedad y a los documentos de la enseñanza de la Iglesia» (León XIII): constituye, por lo tanto, un vínculo precioso que une excelsamente a la Iglesia de hoy con la del pasado y con la del futuro…














